TE HE ENVIADO A TI

Profesor Domingo Lapadula Silvestri
Dedicado con aprecio para los amigos y hermanos del Seminario Mayor San José

Debo reconocer que tal vez por terquedad, curiosidad o necesidad, me he leído muchos libros qué por tratar temas conflictivos de índole social, bélicos, políticos o religiosos, te recomiendan no leer. Creo no haberme arrepentido de ninguno de los que he leído, por el contrario, he aprendido que nada es lo que parece, que toda historia puede tener varias verdades y que el hombre, por sus actos y acciones, se aleja de quién en algún momento en la historia, lo llamó y clasificó como una especie evolucionada y desarrollada.

Y si bien no recomiendo a nadie leer todo lo que yo me he leído, debo reconocer qué en cuanto a esa búsqueda de la verdad, de lo que no conocemos, en ocasiones, la vida o el Destino, nos regala inesperadas y gratas sorpresas.

En el año de 1975 y por esas “casualidades” de la vida, llegó a mis manos un libro de un controversial periodista e investigador español. El título del libro: El Enviado. En la portada del libro aparece escrito lo siguiente: “Sensacionales descubrimientos de técnicos de la NASA sobre la Sábana Santa de Turín” En cuanto a su contenido, desde el punto de vista periodístico, científico e investigativo, un libro interesante que merece ser leído. Sin embargo, para mí, la gran sorpresa comenzó con la lectura de un corto capítulo que aparece al final titulado: “Jesús De Nazaret, O La Entrevista Que Nunca Existió” Una supuesta entrevista que hace el autor a la persona de Jesús. Y no me pregunten por qué, pero cuando terminé de leer esta corta entrevista, tuve la completa seguridad que ÉL estaba sentado al lado mío. Con una gran sonrisa, con sus cabellos color caoba y sus ojos de miel, mirándome. Y creo haber escuchado su voz diciéndome… “es así como lo leíste, soy tan igual a ti que ni te imaginas… con las mismas necesidades, los mismos temores, los mismos sueños… cuando me necesites sólo llámame… siempre estoy contigo… siempre estaré contigo”

Hay personas que se pasan la vida entera en busca de Jesús, el Maestro de Nazaret, y no se percatan que Él está más cerca de lo que pensamos, que es más humano de lo que creemos.

El tiempo y la experiencia de la vida nos permite en ocasiones darnos cuenta de la cantidad de veces que nos hemos caído, y con más asombro, y sin saber cómo ni por qué, de la cantidad de veces que nos hemos levantado. Me viene entonces a la mente esa anécdota de las huellas en la arena, en donde un joven al llegar al encuentro con Jesús y hacer un recuento de su vida, le reclama no haber caminado junto a él en los momentos más cruciales de su vida, pues sólo se veían sobre la arena un par de huellas. A lo que Jesús clavándole su mirada infinita le contestó: “Querido mío, Yo te he amado y jamás te abandonaría en los instantes más difíciles. Cuando viste en la arena solo un par de huellas, fue justamente cuando te cargue en mis brazos”.

En ocasiones no es necesario buscarlo, por el contrario, Él te busca. Esto lo podemos ver en esta otra interesante anécdota: Un joven luego de perder su trabajo, decidió darse un tiempo y ayudar de manera voluntaria a una ONG. Fue enviado a un campamento de refugiados en Africa. Al llegar el primer día vio frente a él un espectáculo de hambre, enfermedades, muerte, desesperación, niños famélicos deambulando sin padres ni madres. Ya muy de noche, entró a la tienda que le había sido asignada como vivienda y arrodillado frente a un crucifijo, lloró inconsolable. Haciendo entonces un esfuerzo dijo: “¿Cómo permites esto?” ¿Por qué esta gente debe sufrir todo esto?” “¿Por qué no haces algo?” Y en el silencio que precede a la voz de la verdad, se escuchó una voz fuerte y vibrante que le dijo: “Ya lo hice, te he enviado a ti”.

No sé si es la vida, todo lo visto, escuchado, caminado y experimentado lo que me lleva a asegurar qué en cuanto al Maestro, su presencia es más real de lo que imaginamos; a estar seguro qué si lo buscas lo encuentras, y aunque no lo busques, tarde o temprano, Él te encontrara. Sólo basta cerrar los ojos, entrar con humildad en el silencio de tu corazón y decirle: Querido Jesús, me arrepiento de mis pecados, ven a mi corazón, yo te haré mi Señor y Salvador.

Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no representan la opinión de esta Universidad.

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