Amen, sin tilde. Por el profesor Miguel Ángel Barrera

Amen

Miguel Ángel Barrera Rodríguez

Profesor de la Facultad de Arquitectura y Diseño

Se dice que febrero es el mes del amor, pero ¿en qué consiste el amor? Para muchos inquieta recibir el amor de manera auténtica o no poder ofrecerlo; se evita a toda costa que se nos ‘escape’ lo que es considerado para muchos, el gran acontecimiento de la vida. Y, sin embargo, desconocemos su origen, su esencia y su destino. Hoy les invito a leer y reflexionar sobre amor verdadero. Tiene importancia intrínseca. El amor está siempre motivado por la importancia directa a un ser, es preciosidad intrínseca. Una preciosidad que saca a uno mismo de la neutralidad, de la indiferencia y nos lleva a volcarnos en una entrega total y libre, ¡sí, libre! El amor verdadero es libre. Pero, hablar de entrega total implica una llamada a responder, sin que existan exigencias o reclamaciones. Estos planteamientos pueden introducirnos en la paradoja aparente de que nuestro libre arbitrio tendería a destronar nuestra libertad. Conceptos, aunque ampliamente estudiados, poco conocidos en profundidad, tanto la definición de libre albedrío, como la misma libertad. El amor genuino llama y exige entrega. La persona amada nos invita y nos llama. Una llamada a rendirnos, a darnos. Es amor verdadero cuando descubres que debemos amar a la otra persona porque él o ella merece nuestro amor. Mucho se ha escrito de que el amor no es egoísta. En ese sentido, se puede afirmar que el amor verdadero no se trata de una relación de posesión o explotación, como hacemos al usar un objeto para nuestro placer. Al amar dejamos la ‘seguridad’ de permanecer solo con nosotros mismos, con nuestros propios placeres e intereses inminentes. Se deja la orilla de uno mismo y se emprende el viaje hacia el mar, cruzando el océano que nos separa de la otra persona. Esa travesía requiere de audacia, ya que nos embarcamos a un viaje que nos volverá vulnerables al hacer de nuestra propia vida dependiente de otra persona. Se vincula la felicidad propia con la del otro, al grado que la infelicidad del otro se convierte en la fuente de nuestro propio dolor. Y el objetivo es ser felices. La persona que ama de verdad mira al ser amado como un fin en sí mismo. La razón de su amor residirá, por tanto, en la preciosidad del otro, no en su propio placer. Placer, placer, placer. Vivimos en una sociedad insaciable de placer, que confunde el amor con placer, ese sentimiento o sensación agradable, positiva o eufórica, el placer de comer, del sexo, de dormir, de la compañía, del entretenimiento para matar el aburrimiento, el placer del conocimiento y la cultura. La confusión puede deberse a que el placer da felicidad, o al menos está directamente relacionado ya sea con un gusto momentáneo o con el bienestar. Pero es un error pensar que placer es amor.

La verdadera felicidad se halla en el amor, en el amor verdadero. Una felicidad profunda, que implica amar al otro por sí mismo, lo que puede lograrse entendiendo la diferencia directa entre esas atracciones sentidas hacia otros. Cuando el ‘amor’ se da en una escala de intensidad, que se puede ‘medir cuasi cuantitativamente en función de la atracción, vamos mal… el amor real no puede interpretarse a la luz de una categoría cuantitativa. El amor puede coexistir con un atractivo de la persona amada, pero no es indispensable. Muchos filósofos han concluido sobre el amor, tras profundos análisis, que el interés en la felicidad de otra persona por ella misma es un hecho aun más sorprendente que el interés en el valor intrínseco, y que ello nunca puede ser deducido de mi interés en mi bien objetivo y felicidad. Por eso, participar en lo más íntimo de otra persona, de su vida personal, con el fin de gastarse por su felicidad -desde la perspectiva de que algo es bueno para ella- constituye uno de los aspectos más sorprendentes de la benevolencia del amor, y uno de los más difíciles de explicar. El amor es un puro don; es, también, una respuesta libre a la persona amada que se ha dado a nosotros. El amor exige una sanción libre de nuestra respuesta afectiva, una apropiación libre y configuración de ese don. Don y libertad. Como decía Da Vinci: ‘El hombre es tan grande como su amor’. Hay distintos tipos de amor, como el amor de los padres hacia sus hijos recién nacidos o el amor al prójimo, o a la pareja. Sin embargo, la mayoría de las veces se descubren en una persona características que median para nosotros en el conocimiento de la preciosidad individual de esa persona y nos manifiestan esa preciosidad. Características concretas como la inteligencia, la profundidad de mente, virtudes morales y otras que, aunque no son las únicas, suelen jugar un rol de mediación para la percepción de la persona amada en su totalidad, aunque pueden asumir solo la función de introducción. Es decir, los dones estéticos de una persona normalmente no constituyen únicamente algo que ella tiene y puede perder (aunque esto es verdad), sino que constituyen también manifestaciones de lo que es esa persona. Amar es darse por completo. Darse es más que estar gustosamente disponible para alguien y querer su bien. Implica autodonación. El amor no responde parcialmente o motivado por cualidades de la persona, ni siquiera por sus virtudes y dones. El amor responde a la otra persona en su totalidad, responde a la persona. Se ama a la otra persona, no sus virtudes y cualidades. Amen, sin tilde.

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