Durante mi servicio social en el Centro de Orientación y Atención Integral San Juan Pablo II, experimenté una de las vivencias más significativas de mi formación profesional.
Estar en contacto directo con personas que enfrentan situaciones de vulnerabilidad extrema me permitió comprender, desde una perspectiva más humana y profunda, los desafíos que acompañan a las personas con realidades de adicciones, la pobreza y el desarraigo social.
Más que brindar ayuda, se trató de aprender a mirar al otro con dignidad, respeto y sensibilidad.
Cada jornada estuvo llena de aprendizajes. A través de conversaciones, talleres y actividades recreativas, descubrí la importancia de la presencia humana y del acompañamiento emocional como motor de la esperanza.
Las dinámicas grupales se convirtieron en espacios seguros donde los usuarios podían expresarse libremente, compartir sus vivencias y sentirse escuchados sin juicio.
Además, comprendí que incluso las acciones más pequeñas, como ofrecer una palabra de aliento o facilitar una actividad artística, pueden transformar el día de alguien y recordarle su valor.
Esta experiencia me reafirmó la importancia de la labor comunitaria y fortaleció mi vocación dentro del campo de la Psicología.
Aprendí que acompañar no es resolver, sino caminar junto al otro con empatía, paciencia y compromiso y, aunque haya personas que ya no se encuentran con nosotros, sus experiencias también pueden servirnos como aprendizaje y motivación a salir adelante todos los días.
Escrito por: Valeria Villarán | Estudiante de la carrera de Psicología

