Realizar mi Servicio Social Universitario en el Centro Juvenil Las Mañanitas fue una experiencia que no solo enriqueció mi formación personal y profesional, sino que también dejó una huella profunda en mí.
Desde el primer día sentí una mezcla de nervios y emoción: no sabía exactamente qué me esperaba, pero sí tenía claro que quería aportar algo positivo.
Apenas crucé la puerta del centro, me encontré con niños llenos de energía, curiosidad y una alegría que, sin querer, contagiaba a cualquiera.
Mi rol principal fue acompañarlos en sus tareas escolares, apoyarlos en actividades recreativas y enseñarles flag football.
Lo que no imaginaba era que, cada actividad, se convertiría en una oportunidad de aprendizaje mutuo.
A través del deporte descubrí que el flag football era mucho más que correr o anotar; se convirtió en un puente para enseñar disciplina, compañerismo y respeto.
Cada vez que explicaba una jugada u organizaba un pequeño entrenamiento, veía cómo se esforzaban por entender, mejorar y confiar unos en otros.
Uno de los momentos que más recuerdo fue cuando un grupo de niños logró ejecutar por primera vez una jugada que llevábamos días practicando.
La emoción en sus rostros, los gritos, las risas… fue un recordatorio de que no hay logro pequeño cuando se trabaja en equipo. Ese día comprendí que, para ellos, esas pequeñas victorias significaban muchísimo, y para mí se convirtieron en motivación pura.
Pero más allá de lo académico y lo deportivo, entendí algo que no se aprende en un salón de clases: muchos niños solo necesitan ser escuchados.
A veces se acercaban a mí para contarme cómo les había ido en el día, pedir un consejo o simplemente compartir algo que los hacía felices o los preocupaba.
Darme cuenta de que confiaban en mí, aunque fuese solo por un rato, fue una responsabilidad enorme y un privilegio que valoro profundamente.
Mi mayor aprendizaje fue confirmar que cualquier aporte, por pequeño que parezca, puede transformar el día o incluso la vida de un niño.
Unas palabras de ánimo, un gesto amable, un momento de juego o una explicación con paciencia pueden marcar la diferencia.
Esta experiencia no solo reforzó mi vocación de servicio, sino que también fortaleció mi compromiso, como futura ingeniera, con el bienestar social de mi comunidad.
Salí del Centro Juvenil Las Mañanitas con el corazón lleno, convencida de que servir a los demás es una de las formas más valiosas de crecer como persona.
Por: Ana Paula De León B. | Estudiante de Ingeniería Industrial

